miércoles, 1 de enero de 2014

El remolino

Mi gratitud eterna a Gabriela Torres Cuerva (aunque suene a cliché)

Hubo un estruendo entre los árboles, la tierra pareció temblar y la casa se cimbró el domingo de resurrección. Un gigantesco remolino tocó mi puerta y, entre las hojas, se llevó mi espíritu a pasear por la ciudad del ayer.

Llegué al jardín de mi infancia con sus acacias amarillas, árboles de hojas cual verdes mariposas, selva de girasoles convidándonos semillas exquisitas, nuestro inolvidable Pini pinus, naranjos en flor y enormes aguacates, en cuyas ramas enredamos millaradas de ingenuos sueños.

Dancé abrazada al remolino hasta el río en el que solía pescar con mis hermanos. Hacíamos cometas de papel con varas del campo y en sus alas volábamos para saborear dulces nubes como algodones de azúcar.

Descendí al fantástico bosque de los pinitos con sus rosas rojas, escondites, cuevas, subidas y la magnífica bajada de piedras deslizadizas por cuya ladera surgían lagartijas que nos contaron secretos del universo: los niños ya no juegan como antaño, dijeron.

La enigmática vaguedad del remolino me remolcó al parque de las estrellas. Al desaparecer el día nos iluminaba la enorme esfera cambiante que poetas y enamorados admiran desdeñando al sol que transforma sus deslumbrantes exhalaciones de oro en el lucífero rebote de plata.

El remolino me regresó a casa. Pintados en mi vestido están unos pétalos escarlata, peces de colores, agujas de pino, una juguetona lagartija, el sol y la media luna, rodeados todos por el gran remolino del domingo de resurrección.

Laura Pini


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