domingo, 29 de septiembre de 2013

Imaginación

El agente de tránsito silbó y el conductor se detuvo. Lo primero que le pidió fue su licencia de conducir y la respuesta fue que la “había olvidado en casa”. El oficial echó un rápido vistazo a la parte delantera y luego otro a la trasera del auto dándose cuenta que carecía de placas. Entonces le pidió al conductor los documentos del vehículo, a lo que éste contestó que no los llevaba. Imaginando algo fraudulento buscó las calcomanías gubernamentales en el parabrisas, pero no las había: es más, tampoco había parabrisas. Buscó en los otros cristales, pero tampoco estaban, ni había otros cristales. Quiso ver entonces las plaquitas de identidad de fabricación en el marco de las puertas, pero no había ni plaquitas ni puertas. Ordenó al conductor entonces abrir el cofre para ver el número de registro del motor, pero el auto no tenía cofre, ni motor y por lo tanto no había número alguno. Desesperado quiso anotar la marca del auto, el modelo y el color. Pero era imposible identificar la marca, así como tampoco el modelo ni el color. En el colmo de la exasperación buscó las llantas para anotar al menos su medida, pero tampoco tenía llantas. Desconsolado, enojado y rabioso, rompió su libreta de infracciones y se sentó en la banqueta a llorar amargamente. Mientras, el exconductor ponía tierra de por medio, alejándose rápidamente por el camellón de la avenida, con pasos cortos y silenciosos, sin dejar de volverse a ver a aquel extraño oficial de Tránsito.

J. Ángel Pineda Reyes 
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viernes, 27 de septiembre de 2013

Una llave

—Y usted, cielo ¿adónde va? —Yo voy a mi casa, a encerrarme bajo veinte llaves. A ti, que me gustas, te voy a regalar una, la última de mi recámara.

Los hombres acudían a casa de Dolores con toda la desesperación del deseo de la realización imposible. Una vida no alcanzaría para rendir a una tal mujer, fuerte, bella y casta. María de los Dolores.

J. A. Manrique 
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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Posesión

Hoy he dejado completamente libre a ella: esa chica introvertida, acomplejada y prejuiciosa que vive en mí. Siempre deseé que fuese como yo, pero hoy no me he metido en ella. He vagado, he volado, he sido mentira, verdad, principio y final. Me he convertido en la novia de la noche, en amiga de la luna y en amante de la mar. He caminado por la calle y un payaso me ha prestado su disfraz, un enano su cuerpo y un pequeño su candor. He sido la mente de un loco, el instinto de un perro, el latir de un corazón, el llanto de un niño y el interior de un foco. He formado parte del tiempo, del espacio, de la naturaleza, del amor, del viento y del silencio. Fui también un beso, una caricia, fui un átomo y un feto. Me he introducido en la personalidad de un niño, de un viejo, de un vagabundo, de un poeta y de un ebrio. Estuve en la presencia de Dios y fui bondad, en la del diablo y fui maldad. He sido gato, pájaro, flor, papel, poder, ceniza, hechicería y unicornio. Fui experiencia, sueño, pesadilla, fui solamente un demonio.

Anoche sobre mi corazón rodó una gota de sangre; en torno mío se escuchaban miles y miles de campanas, cuyo sonido penetraba en mis oídos casi desgarrándolos. Fue entonces cuando me di cuenta que durante mucho tiempo, la muerte había permanecido cautiva en mi persona.

Isabel Rabadán O
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lunes, 23 de septiembre de 2013

El hombre

Toda su vida estuvo tratando de entender; pero se lo impedía su propia prisa. Hasta que se detuvo, y las cosas empezaron a tener sentido, porque su muerte estaba próxima.

Isaac Matus 
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domingo, 22 de septiembre de 2013

Antidestino

Ha emigrado el mar y se ha llevado a la memoria, a la fe y a la tristeza. Todo parece haber huido, desde aquel tiempo, en el que mi mal fue diagnosticado. Había contraído un virus de poesía. Se me otorgó una incapacidad indefinida, durante la cual he sido encerrada en este lugar, del que si intento huir, un fantasma de hambre cubre de frío a mi vientre. A diario, se me asignan diversas labores que no entiendo, pero que persiguen hacerme olvidar no sé qué cosa. Cuando por descuido me dejan sola, presiento a la melancolía del otro lado de la ventana. Entre curiosa y asustada, corro a asomarme en busca de la sensación prohibida. Las nubes se me incrustan en los ojos y se me rompe el sueño en mil pedazos. Por un momento, todo parece detenerse y, justo cuando estoy a punto de recordar el nombre y apellidos de mi angustia, descubren mi pecado y descuartizan al silencio con el timbre al que me han acostumbrado y que me parece regresar apresurada a mi lugar de siempre. Sé de memoria lo que debo decir en esas ocasiones y la máquina comienza a funcionar de nuevo. Un engranaje estratégicamente dispuesto, borra de mi cara cualquier amenaza de conciencia, al momento en que mi voz recita el consabido y redentor: “Gerencia de ventas. Buenos días”.

Ingrid Cabrera Cederwall 
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viernes, 20 de septiembre de 2013

Lluvia

Llueven tus dedos sobre mí, debajo de las sábanas, calentando la neblina que entra por la ventana. 

-Me gusta tocar tu cuerpo para afinarlo- susurras en mi oído después de besarme la nuca.

Entonces duermo, buscando en las profundidades, nuevas formas para desafinarme.

Guillermo Osuna


jueves, 19 de septiembre de 2013

La mandarina china

Con la uñas quité la cáscara y con mis dedos desgajaba una de las dos mandarinas que llevaba en las manos. La otra era para la “China”. Siempre he disfrutado más el exquisito olor impregnado en mis manos que ni el mismo sabor del delicioso jugo en mi boca, el cual mojaba mis labios resecos por la sed.

Por el doblar de las campanas en la parroquia y por la hora en que salen las hetairas acicaladas a trabajar, me dí cuenta que el tiempo había pasado sin que la “China” llegase a la cita. Transcurridos cincuenta minutos, pensé: “Mi error fue haberle anunciado que hoy quería hacer el amor con ella”.

Anoche, con mis uñas arranqué su sostén y con mis dedos traté de desgajar sus jugosos senos, que sangraban; los tomé entre mis manos llevándolos hasta mis labios sedientos. En eso, desperté exaltado súbitamente. Sobre mi boca y nariz, mis manos emanaban, aún fresco, el aroma a mandarina.

Hugo Zdeinert 
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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Diferentes

—Dime por favor, ¿Sí o no?, preguntó el joven.
—¡Pues, no!… Tú eres un chavo de lana, y yo de carne y hueso, contestó ella.

Hugo Van Halen 
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martes, 17 de septiembre de 2013

La sorpresa

No me quise asomar por el ojo de la cerradura, pese a la innegable atracción que esto representa, no, yo abrí la puerta de golpe. Hacía tiempo ya que tenía el presentimiento ó a la mejor era algo tan obvio que cualquiera esperaría la sorpresa.

Azucena (así se llamaba) llegó una tarde luminosa a alegrar esta (antes) triste casa. Todavía es esta época hay personas a las que les parece inmoral esto, pero a ella me la vendieron casi recién nacida.

Fue creciendo bajo el tierno cuidado de mi tía Jacinta y también, claro, bajo su severa vigilancia. Cuando llegó a la juventud, cuando llegó a la edad en que la sangre les mana incontenible, era tan bonita que hasta peleas se suscitaban por ella a las puertas de la casa. Nuestra intención no era dejarla para siempre sin compañero, pero había que elegir bien, no iba a ser con cualquiera. Nunca supimos cuando y con quien fue.

Yo no lo creía, pero ella empezó a estar muy inquieta, perdió el apetito y se puso hasta agresiva. No cabía duda, estaba esperando. Mi tía nada me dijo. Ese día que les digo que abrí la puerta (qué pena, pero ella dormía en mi recámara), escuché como pujaba la pobre y ella al verme me lanzó una mirada de orgullo y de ternura.

Parió seis hermosos cachorrillos samoyedos que parecían muñecos de peluche, ya los tenía come y come. Me acerqué con cuidado, acaricié su cabeza y ella presurosa lamió mis manos con su lengua tibia.

Hugo Jiménez Jiménez 
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domingo, 15 de septiembre de 2013

Flor roja

El combatiente alcanzó a sonreír, satisfecho, antes que las balas del terror lo aplastaran contra esa tierra ya empapada en sangre nueva, en sangre vieja, en sangre…

Muchos años después, un niño pasó por aquel sitio y cortó una flor roja… muy bella, muy roja; la contempló tranquilamente durante unos minutos, la guardó después en su mochila y, tras reacomodarse el fusil al hombro, continuó su marcha.

Hugo Carlos Martínez Téllez
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sábado, 14 de septiembre de 2013

Venganza

Sentí tanto coraje que no me contestaras cuando te pedí hacer el amor que, sin pensarlo más, tiré de la válvula para que el aire de tu cuerpo escapara.

Horacio Benjamín Morales 
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viernes, 13 de septiembre de 2013

A él

Por la puerta de actores salió huyendo desesperado y poco a poco se desvaneció en la niebla. Lo habían traicionado. Un público abarrotante boleto en mano, exigía verlo, escudriñarlo, a él, al Fantasma de la Opera.

Hilda Plata 
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miércoles, 11 de septiembre de 2013

El diplomático

Aceptó como era su obligación de diplomático, la invitación al baile de gala de los reyes de Grecia. Pero se las arregló para que el jefe del protocolo invitara también a las numerosas estatuas clásicas que aún no exhibían su ruina en la sombra de los museos. De esa manera pudo soportar el roce de momias vivas cubiertas de finas telas y joyas carísimas, gracias al contacto de lánguidas Venus, de seductores Dionisios, de aristocráticos apolos y de otras no menos agradables presencias enamoradas de la vida.

Heriberto García Salazar 
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lunes, 9 de septiembre de 2013

El valor exacto de “pi”

Desde que era pequeño, su afición por encontrar solución a magnitudes y conceptos imponderables le acarreó problemas: su madre, católica irredimible, le dejó sin cenar la noche aquella en que él alegó la inexistencia de un dios omnipotente, ya que no podría crear algo tan pesado que no lo pudiese levantar.

Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi”.

El viejo abarrotero, don Chucho, lo había corrido al descubirlo colocando, amontonado, semillas de ajonjolí sobre los mosaicos de la bodega… Pero él sólo intentaba resolver el viejo problema del trigo duplicado en cada casilla del tablero del ajedrez. Meses después encontró la cifra (18 446 073 709 551 615) calculándola matemáticamente. *Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi” . *No le preocupaba el tiempo, pues había llegado a la conclusión de su inexistencia, ya que lo pasado (siglos, décadas, años, meses, horas o segundos) no existe y lo futuro (minutos, días, semestres o milenios) todavía no existe y cada nueva unidad resultante de subdividir el momento presente, puede fragmentarse en otro hoy, otro ayer y otro mañana.

Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi”.

No pensaba llegar al infinito, porque está convencido de estar en él: cualquier punto es el infinito al ser inalcanzable desde otros puntos muy lejanos.

Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi”.

De la escuela tuvo que salirse porque maestros y condiscípulos le hostilizaban o se mofaban de él al no comprender su “distracción”. No sabían que pensaba en la convergencia de las paralelas, en el origen de la materia y la energía y su paternidad recíproca, en la existencia de la antimateria, en…

Ahora estaba dedicado a averiguar el valor exacto de “pi”. Si el diámetro cabe tres veces y fracción en la circunferencia, la fracción podría hacerse cada vez más aproximada, hasta que se alcanzase un cociente exacto.

Hacía semanas que había llegado a la cifra de 3.141592653589792347441534376233325737865412174 y aún continuaba dividiendo; el fragmento sobrante de circunferencia era más pequeño cada vez, inconcebiblemente pequeño, tanto que se fue convirtiendo en punto, un punto que empezó a crecer por dentro y a volverse una circunferencia nuevecita, adolescente, tan conspicua que se iba semejando paulatinamente al cero, un cero que (con tantas divisiones) perdió el equilibrio y cayó hacia el lado de las cantidades negativas y comenzó a correr por ellas de los menos mil billonésimos a los menos millonésimos, de ahí a los menos milésimos, a los menos centésimos, a los menos décimos y —por fin— a los menos tres enteros. Sin sentirlo entró también al mundo de la antimateria y —aterrorizado— quiso regresar, pero infructuosamente.

Nadie escucha sus gritos. Su mujer comenta tristemente a una vecina: —Se había vuelto muy raro, creo que loco… No sé a qué hora se iría ¡pero hace dos meses! Sólo dejó eso en la mesa.

Y señaló unas hojas llenas de números, en la última de las cuales apenas se notaba la huella tenue de un punto expansivo que, convirtiéndose en circunferencia, creció tanto, tanto, que se diluyó en el infinito.

Héctor Castañeda Bringas 
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domingo, 8 de septiembre de 2013

Individualismo

Érase una vez lo que antes llamaban un rebelde y ahora conocemos como un niño-flor: un joven inconforme que no quería pensar, casarse o bañarse como todos los demás lo hacían.

Pensó protestar.

—¿Por qué hemos de ajustarnos a los preceptos de una sociedad ridícula? —se decía a sí mismo—. Vemos claramente que los procesos sociales actuales destruyen al individuo, lo masifican, lo acomplejan y aniquilan. El hombre tiene suficiente potencial en sí mismo para decidir cómo vivir su vida, para pensar sin necesidad de depender del criterio de una masa amorfa que lo obliga a actuar en contra de su voluntad. Yo voy a ser por mí mismo. ¡Viva la individualización!

Y el joven-flor salió a buscar a otros muchachos que lo apoyaran en una manifestación…

Haney Bringas 
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sábado, 7 de septiembre de 2013

Espiral de Enrique Anderson Imbert

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón, dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. "¿Quién sueña con quién?", exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

Enrique Anderson Imbert


viernes, 6 de septiembre de 2013

Espiral

¡Y desde ayer me ando riendo solo! ¿Yo cómo iba a saberlo? Me puso el paquete en las manos; y antes que yo pudiera decir nada se bajó del camión. Yo no sabía ni qué pensar, me dije: “¿Y qué tal si es una contrabandista?”. Volteaba para todos lados temiendo que alguien me pescara del hombro con el consabido: “¡Jálele!”. Pero nadie se me acercó. Unas cuadras después, y habiéndole dado muchas vueltas al asunto decidí dejar el paquetito, “olvidándolo” en el asiento y me bajé corriendo.

 —Bueno, mañana me terminas de contar, mano. Yo bajo en esta… ¡Toma…! Y sin dar tiempo siquiera, se baja de un brinco dejándome otra vez ensartado con el cabrón paquetito…

Guillermo Sierra Espinosa
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jueves, 5 de septiembre de 2013

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Mariposa

Únicamente faltaba construir la parte alta de nuestra casa. Mi marido ordenó a los trabajadores que hicieran una pared como rompe viento y, para comunicarse, unos túneles estilo gótico, que eran únicos. Los túneles eran en diferentes tamaños, muy hermosos, pero al final eran tan reducidos que no se podía seguir. Lo sorprendente era que al acercarse, uno podía reducir su tamaño y pasar tranquilamente. Una tarde subí para ver la construcción, y me sorprendí que entre todo aquello había unos huevos de aves. También encontré otros color gris, con poros. De repente apareció su dueña, una mariposa, que tenía su nido entre aquellos escombros. Me atrajo tanto por sus poros y color, que fijé la vista en ella; pero mi angustia aumentó al ver que cayó en llamas. Unos instantes después volvió a la normalidad y empezó a volar. Cambió su nido a una de las ventanas del rompe viento en donde se encontraba una escultura, ahí empezó a incubar y no salió hasta cumplir su periodo. Al salir la mariposa era tan grande que una noche que tuvimos visitas, la guisamos y estaba verdaderamente deliciosa.

Guillermina Martínez de Salas 
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martes, 3 de septiembre de 2013

La espada de Damocles

La orgía iba en aumento.

Damocles, introducido por los ujieres, avanzó con modestia, saludó al rey y se sentó en el lugar que le indicó.

Antes de tomar asiento depositó en el suelo, a un lado, un paquete envuelto con viejos periódicos, sobre los que los policías disfrazados de mujeres bonitas miraron furtivamente.

Empezó la comida.

Sirvieron a Damocles sesos de mosca y riñones de ardilla, alas de fenicóptero, pasteles de hormiga, tarta de casuario.

Le dieron de beber champaña centenario, cécubo en odres de piel de camello nonato, vinagre con perlas disueltas y polvo de diamante.

Los senos desnudos de las cortesanas se extendían sobre la mesa llana de flores.

En el momento en que Damocles llenaba sus ojos del vértigo de aquel espectáculo, el tirano Dionisio golpeó su hombro con delicadeza y le señaló el techo con el dedo índice: una espada desnuda, colgando sujeto por tan sólo un cabello.

Damocles miró la espada, alzó los hombros y se inclinó hacia el paquete depositado a su lado en el suelo. Abrió el periódico, retiró un casco de bombero, con cubrenuca de malla, y se lo encajó en la cabeza.

Después volvió a pedir asado.

Gabriel de Lautrec 
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domingo, 1 de septiembre de 2013

Duda eterna

El día del Juicio Final, Dios juzga a todos y a cada uno de los hombres.
Cuando llama a Manuel Cruz, le dice: —Hombre de poca fe. No creíste en mí. Por eso no entrarás en el paraíso.
 —Oh, señor —contestaba Cruz—, es verdad que mi fe no ha sido mucha. Nunca he creído en vos, pero siempre te he imaginado.
 Tras escucharlo, Dios responde: —Bien hijo mío, entrarás en el cielo; más no tendrás nunca la certeza de hallarte en él.

Gabriel Cristián Taboada 
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