martes, 17 de septiembre de 2013

La sorpresa

No me quise asomar por el ojo de la cerradura, pese a la innegable atracción que esto representa, no, yo abrí la puerta de golpe. Hacía tiempo ya que tenía el presentimiento ó a la mejor era algo tan obvio que cualquiera esperaría la sorpresa.

Azucena (así se llamaba) llegó una tarde luminosa a alegrar esta (antes) triste casa. Todavía es esta época hay personas a las que les parece inmoral esto, pero a ella me la vendieron casi recién nacida.

Fue creciendo bajo el tierno cuidado de mi tía Jacinta y también, claro, bajo su severa vigilancia. Cuando llegó a la juventud, cuando llegó a la edad en que la sangre les mana incontenible, era tan bonita que hasta peleas se suscitaban por ella a las puertas de la casa. Nuestra intención no era dejarla para siempre sin compañero, pero había que elegir bien, no iba a ser con cualquiera. Nunca supimos cuando y con quien fue.

Yo no lo creía, pero ella empezó a estar muy inquieta, perdió el apetito y se puso hasta agresiva. No cabía duda, estaba esperando. Mi tía nada me dijo. Ese día que les digo que abrí la puerta (qué pena, pero ella dormía en mi recámara), escuché como pujaba la pobre y ella al verme me lanzó una mirada de orgullo y de ternura.

Parió seis hermosos cachorrillos samoyedos que parecían muñecos de peluche, ya los tenía come y come. Me acerqué con cuidado, acaricié su cabeza y ella presurosa lamió mis manos con su lengua tibia.

Hugo Jiménez Jiménez 
fuente: http://minisdelcuento.wordpress.com/


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