martes, 26 de abril de 2016

La soledad de las montañas

Me gusta la soledad de los caminos de montaña. Son polvorientos en sus comienzos, bordeados de grandes árboles verdes en el verano, pero van cambiando su fisonomía a medida que uno sube, convirtiéndose en grises rocas que reemplazan el polvo marrón del comienzo. Las nubes  van corriendo hamacadas por el viento, pero a veces son solo ligeros mantos transparente que se pierden en cielo infinito.

De vez en cuando uno puede cruzarse con algún otro solitario o un pequeño grupo de excursionistas, el instante de un saludo interrumpe el murmullo del viento. El día va transcurriendo mientras voy trepando, sudado y cansado el último tramo hasta donde decido detenerme. Hay allí unas piedras rugosas que me sirven para recostarme y descansar mi espalda dolorida. Allí me quedo, dejando correr las horas hasta que ya en la tarde emprendo el duro regreso. Mis pensamientos viajan como las ráfagas del viento uno detrás del otro, a veces encimándose, a veces corriendo infinitos en mi memoria. Arriba hace frio, tengo que ponerme el buzo.

Casi sobre la hora del regreso llego ella. Era la primera vez que la veía en esa soledad. Ella también busco un lugar donde sentarse entre las duras rocas y se envolvió con un chal porque el viento era inclemente. Parecía pensativa y taciturna. Cada tanto miraba hacia el sendero de piedras grises, seguramente esperando la llegada de alguien. Decidí quedarme un rato mas, parte por curiosidad y también porque me pareció peligroso dejarla en tanta soledad.

Cuando lo vio a la distancia trepando por el sendero se rio y levanto los brazos para saludarlo. El también agito los brazos y se fue acercando. Se sentó a su lado y se abrazaron. Conversaban mirándose a los ojos, tomados de la mano. Los deje cuando el sol declinaba y comencé mi largo camino de regreso.

Ese verano volví varias veces al sendero de polvo y piedras. Todas las veces que me quede descansando sobre las piedras arrugadas se repitió la ceremonia de la tarde, con la llegada de ella cansada, la espera y el encuentro bajo cielos diáfanos o cubiertos de nubes. Yo siempre prudentemente me retiraba cuando el aparecía entre las rocas.

Mi pregunte muchas veces el motivo que tenían para encontrarse en un lugar tan poco accesible, algunas respuestas se me ocurrieron, pero estaban tan pendientes uno del otro, se escuchaban con tanta atención mirándose a los ojos, tan absortos en ellos mismos, que me sentí siempre como un intruso ignorado en la infinitud de la montaña.

Un hermoso anochecer tardío del sur, me quede hasta más tarde. Vi que el emprendía el regreso solo y ella esperaba un buen rato antes de comenzar el descenso, saludándose con los brazos en alto hasta que el desaparecía.

La extraña ceremonia continuó, para mí, hasta fines del verano en que tuve que regresar a mis ocupaciones en la ciudad. La última vez que los vi sentados uno al lado del otro, indiferentes a lo que los rodeaba, los últimos rayos del sol los iluminaban hasta que las primeras sombras fueron desdibujándolos y se perdieron en la oscuridad.

Baje pensando en ello. Durante los meses del invierno, durante los largos días de trabajo, los recordaba como una imagen de la felicidad del verano.

Cuando regresó el tiempo de mis vacaciones, volví a mis amadas montañas. De nuevo trepe por el sendero rocoso y espere la llegada de la tarde. En realidad esperaba verlos de nuevo, como una imagen de la felicidad, tan esquiva durante mi largo año detrás de un escritorio, infinitamente lento y aburrido en el día a día.

Empujada por el viento ella apareció por el rocoso camino. Una ligera inclinación hacia adelante de su cuerpo al caminar dibujaba un sentimiento de desanimo. Se sentó en el mismo lugar del verano pasado, sin mirar a su alrededor. Luego se cubrió la cara con sus manos. Me di cuenta que algo estaba mal. Yo sabía que la montaña implacable no se apiadaría de sus lágrimas, su soledad no la iba a conmover. Todo permaneció inmóvil, indiferente, las nubes siguieron corriendo empujadas por el viento que era el único sonido en el infinito tiempo de la montaña, mientras ella apoyaba su cabeza sobre sus rodillas en una espera desesperada.

Inés María Cabrera


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