sábado, 28 de marzo de 2015

El rebenque

El muchacho y la chica estaban sentados sobre una piedra gris a orillas del gran lago. Miraban el reflejo del sol en el  agua transparente temblorosa por el viento que soplaba desde el oeste. Estaban tomados de la mano. Luego él pasó su brazo sobre los hombros de ella que inclinó su cabeza hacia él.

El hombre montaba un caballo de pelaje marrón que brillaba bajo el sol. Lo llevaba con una elegancia un poco anticuada por el angosto camino de tierra reseca  bordeando el lago. Las riendas las sostenía con su mano izquierda, la derecha descansaba lánguidamente sobre uno de los extremos del rebenque apoyado verticalmente sobre la montura. El sombrero dejaba ver el pelo entrecano, sus grandes y tupidos bigotes enmarcaban su cara taciturna y señorial. Miraba lentamente a derecha e izquierda con aparente indiferencia, pero también con la autoridad de un patrón de estancia.

Los chicos recién lo vieron cuando ya estaba cerca. Ellos estaban distraídos mirándose y riendo. El sacó el brazo del hombro de ella y se puso de pié respetuosamente. Ella permaneció sentada.

-Buenas tardes, señor-dijo el muchacho.

La chica movió los labios casi imperceptiblemente para decir un tímido buenas tardes, mientras  miraba el suelo pedregoso.

­-Buena tardes-les respondió el hombre a caballo ceremoniosamente.

El continuó su lenta  marcha por el largo camino de tierra. Nada se había modificado en su andar, en su altiva postura indiferente, salvo que la lánguida mano que descansaba sobre la extraña forma de llevar el rebenque vertical, se había crispado angustiada en silencio. Había comprendido que a él, el tiempo implacable, no le daba posibilidades de ganar la partida.

Inés María Cabrera


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