viernes, 12 de septiembre de 2014

Inmolación

Levantó el minúsculo cuerpo que él mismo esculpió con sus manos de artesano. Sus pupilas se dilataron atrayendo la luz del pasado. Lo recordó besando ninfas y princesas, batiéndose contra reyes absolutistas y amansando bestias mitológicas con inmensa ternura. Vio como sus manos veteadas robaron sentimientos de tristeza a un pópulo raido por la marginación. Brujas y nigromantes le habían deseado una muerte precoz. Sus aventuras quedaron impresas en jornales y pasquines de la época.

-¡Eres tan solo una marioneta de maderas carcomidas!- le gritó al tiempo que ponía un espejo frente a él.

Ese mismo día, devastado por la ignominia, frotó sus piernas secas con amargo desdén, hasta incendiarse y convertirse en un puñado de cenizas legendarias revueltas por el viento.

Zepo


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El ángel arcabucero

El Ángel Arcabucero había salido de la iglesia llevado junto a la procesión. Miró su arcabuz y luego las relucientes Browning de la policía. El Ángel sintió algo que los humanos llamamos envidia. Como tenía poderes especiales por su condición angélica, sacó su mano del cuadro donde estaba representado y tomó la Browning de un oficial y le entregó a cambio su viejo arcabuz. El oficial lo miró aterrado. Como el Ángel no conocía el funcionamiento de una pistola, al querer usarla, mandó al cielo a media procesión, incluido el párroco.

Inés María Cabrera


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