domingo, 24 de agosto de 2014

RUFINA

Ama el paisajismo y la gastronomía veneciana.

El restaurante, rodeado del magnánimo jardín que eterniza abril, prospera. Los comensales degustan las especialidades mientras palmeras y nubes danzan al vals del viento. Ella se hace cargo de casi todo: elabora la mantelería, pinta, cultiva los vegetales, nutre la tierra con el humus casero. La astilladora resultó una conveniente inversión. El sustentable lugar es uno de sus mayores orgullos.

El níveo delantal de Rufina se fue tiñendo del carmesí líquido con olor a hierro; tuvo cuidado de no salpicar nada más. Una sonrisa sardónica se dibujó en su rostro al rememorar tiempos perturbadores. Apretó violentamente esa porción del cuerpo contra el artefacto. Desintegrar algunos fragmentos fue simple; con otros parecía moler piedras. No supo cuál disonancia era más lúgubre: el crujido metálico del motor o el de los restos carnosos al triturarse. No obstante, se mantuvo absorta en su faena hasta que los brazos le temblaron.

Se quitó el mandil. En la terraza, sobre la mesa del nutrido grupo que las había solicitado, dispuso las bebidas adornadas con triángulos de piña y hojas de menta. Regresó a la cocina para limpiar. Por último, arrojó el bagazo de betabel al compostador.

Laura Pini


Fotografía Laura Pini





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