jueves, 19 de diciembre de 2013

Acordes de Liszt

Dedicado a Gabriela Torres Cuerva

Ángela Victoria ama el panteón de Mezquitán. Se deleita caminando por sus pasillos en silencio y soledad; lo considera suyo. Después de la última visita retornó a casa con olor a muerta, pero valió la pena y mucho. Solía creer que los cementerios eran tristes. Ahora sabe que no. Como todos los martes de luna nueva, llega a la necrópolis por las avenidas Federalismo y Maestros. Esta vez dedica un magnánimo tiempo a ver los murales de la barda exterior. Las escenas de la vida cotidiana que contempla la conducen al recinto de descanso: lágrimas, un choque, un asalto, una mujer con flotante cabellera castaña como la suya, siluetas sin rostro con obscuras túnicas de capucha que suplantan a La Muerte, la carroza fúnebre tirada por caballos. La procesión de imágenes va in crescendo desde la humildad en la esquina de la calle hasta la opulencia a un lado del ilustre ingreso al camposanto. Entra y busca una tumba. Su vaporoso vestido de etéreos colores serpentea con el viento. Las extravagantes sandalias contrastan con su paso cansino. A pesar de su sombrilla, el intenso calor la agobia. Los costosos tratamientos de belleza y las cirugías estéticas no detienen la inminencia del invierno. Sus alzadas cejas le han pintado una perpetua expresión de asombro que da miedo. Sigue buscando una tumba. Ve incesantes hormigas, helechos y arañas en las fosas abiertas y en abandono, tortolitas, diminutas flores silvestres, musgo, naranjos en fruto, una mariposa negra con grecas azul rey, amarillo y blanco. Allá creen en el Cristo que resucitó, aquí en el crucificado. Por todos lados hay símbolos del calvario, exiguos ángeles y unas cuantas rosas de piedra. Algunas esculturas están decapitadas. Se detiene frente a un modernista crucifijo pintado de sombras. Esa es la tumba. Ahí yace una hermosa joven. La evoca. El recuerdo trae acordes de Liszt. Se arrodilla. Permanece de esta forma por un tiempo sin edad. Sabe que la vida florece acá también. Sombrías nubes ocultan unos segundos al sol. Un cuervo blanco vuela cuando ella se levanta y en el cielo aparece una cruz de nimbos. Con paso ligero inicia el recorrido hacia la salida del santuario de la muerte. El agua cristalina de la fuente le regresa la imagen de una mujer con mirada resplandeciente, níveo cutis renovado y luminoso cabello negro. Al fondo de aquella tumba reposa en paz una mujer con vestido vaporoso, extravagantes sandalias y expresión de asombro.

 Laura Pini



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