domingo, 6 de octubre de 2013

Indecisión

El viento inmemorial se agitaba con violencia y hacía remolinos aquí y allá. Penetró algunos metros en la gruta arrastrando tras sí un polvillo de arena con el que, suspendido, formó un montón del tamaño de un puño y, lentamente, fue fabricando un hombrecito ya vestido con ropas exiguas y raídas y que, sin embargo, blandía una lanza azul de una delicada transparencia. No bien estuvo conformado inició el humúnculo una decidida marcha hacia el oscuro interior de la caverna. A los pocos pasos, la alabarda vítrea comenzó a iluminar potentemente todo el misterioso camino dentro del inmenso antro, negro e infinito. El hombrecito parecía muy pálido bajo la iluminación de su lanza pero se le veía fuerte e inagotable. Pasó por entre enormes peñas, por aluviones y minas; cruzó montañas y ríos; enfrentó bestias y demonios. Todo con una determinación inquebrantable. Holló, además, la tierra con marcha incontenible y el propósito de ira hasta el final para encontrar el amor. Ninguno de los más feroces obstáculos ni de las más sutiles ilusiones pudieron separarlo de su designio. Recorrió siete mil veces mil noches y siete mil veces mil días la mayor extensión posible del laberinto, y finalmente, encontró la salida de la espelunca, más allá de la cual estaba el paraíso, el jardín de las delicias.

No obstante, lleva allí diez mil años, en la puerta de la felicidad, sin poder penetrar en ella, con su amor deslizándose entre las manos, un montoncillo de arena que no cobra forma, que se disuelve. 

Javier Navarro 
fuente: http://minisdelcuento.wordpress.com/


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