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jueves, 28 de agosto de 2014

LA TRISTEZA

El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad la puse en un plato en la mesilla, al lado del tazón de leche. Mi madre sigue igual, con los ojos rojos que miran sin ver y el pelo, que ya no brilla, desparramado sobre la almohada.

Huele a sudor la habitación, pero cuando abrí la persiana ella me gritó. Dice que si no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es cierto. Yo sé que los días corren porque la lavadora está llena de ropa sucia y en el lavavajillas no cabe nada más, pero sobre todo lo sé por la tristeza que está encima de los muebles. La tristeza es un polvo blanco que lo llena todo. Al principio es divertida. Se puede escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”, pero, al día siguiente, las palabras no se ven porque hay más tristeza sobre ellas. El profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que no puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a mi madre y lo hará conmigo. Y cuando mi padre vuelva, la tristeza habrá borrado el “te quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa del comedor.

Rosario Barros Peña



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domingo, 22 de septiembre de 2013

Antidestino

Ha emigrado el mar y se ha llevado a la memoria, a la fe y a la tristeza. Todo parece haber huido, desde aquel tiempo, en el que mi mal fue diagnosticado. Había contraído un virus de poesía. Se me otorgó una incapacidad indefinida, durante la cual he sido encerrada en este lugar, del que si intento huir, un fantasma de hambre cubre de frío a mi vientre. A diario, se me asignan diversas labores que no entiendo, pero que persiguen hacerme olvidar no sé qué cosa. Cuando por descuido me dejan sola, presiento a la melancolía del otro lado de la ventana. Entre curiosa y asustada, corro a asomarme en busca de la sensación prohibida. Las nubes se me incrustan en los ojos y se me rompe el sueño en mil pedazos. Por un momento, todo parece detenerse y, justo cuando estoy a punto de recordar el nombre y apellidos de mi angustia, descubren mi pecado y descuartizan al silencio con el timbre al que me han acostumbrado y que me parece regresar apresurada a mi lugar de siempre. Sé de memoria lo que debo decir en esas ocasiones y la máquina comienza a funcionar de nuevo. Un engranaje estratégicamente dispuesto, borra de mi cara cualquier amenaza de conciencia, al momento en que mi voz recita el consabido y redentor: “Gerencia de ventas. Buenos días”.

Ingrid Cabrera Cederwall 
fuente: http://minisdelcuento.wordpress.com/


martes, 23 de agosto de 2011

Madre

Ninguno de los planes con que Piero intentó asesinar a su madre había dado resultado. Otros planes de mayor audacia tenían el problema de que eventualmente la policía podría descubrir al culpable.


Una mañana de invierno Piero terminó de imaginar el plan definitivo. Fue al puente y se lanzó. Su cadáver fue recuperado en la ribera, cien metros hacia abajo, a los dos días.

El plan era perfecto. Una semana más tarde su madre moría de tristeza.

Jorge Gómez Jiménez.

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