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miércoles, 30 de julio de 2014

Las ciudades y el deseo

Al cabo de tres jornadas, andando hacia el sur, el hombre se encuentra en Anastasia, ciudad bañada por canales concéntricos y en cuyo cielo planean cometas. Debería ahora enumerar las mercancías que se compran a buen precio: ágata ónix crisopacio y otras variedades de calcedonia; alabar la carne de faisán dorado que se asa sobre la llama de leña de cerezo estacionada, y espolvoreada con mucho orégano; hablar de las mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que a veces -así cuentan- invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en el agua. Pero con estas noticias no te diré la verdadera esencia de la ciudad: porque mientras la descripción de Anastasia no hace sino despertar los deseos, uno tras otro, para obligarte a ahogarlos, a quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia los deseos se le despiertan todos juntos y lo rodean. La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte. Tal poder, que a veces dicen maligno, a veces benigno, tiene Anastasia, ciudad engañosa: si durante ocho horas al día trabajas tallando ágatas ónices crisopacios, tu afán que da formas al deseo toma el deseo su forma y crees que gozas de toda Anastasia cuando sólo eres su esclavo.

Italo Calvino


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domingo, 23 de junio de 2013

El calendario

La tienda era antigua, de madera oscura, casi vacía. Ahora, en los grandes almacenes la vista se nos llena de colores y de mercancías, pero antes, había un prestigio donde los productos no se nos metían por los ojos, simple y llanamente la gente iba a buscar algo y todo debía estar en perfecto orden para encontrar un bies de color carmesí pálido o un encaje de Holanda de tres centímetros de ancho. Y desde entonces, desde ese entonces, desde ese orden antiguo, parecía que la mujer estaba ahí, de diez a ocho, de diez de la mañana a ocho de la noche, viendo a través de la vidriera, robando una rebanada mínima, pequeña, de cielo por la puerta, que se colaba apenas entre el marco, el poste, el eterno edificio de enfrente y el semáforo.

Se veía tan polvosa como los estantes, sólo era diferente en sus ojos, donde estaba estancado el sueño de salir a la calle y no volver a estar bajo ningún techo, de viajar plenamente en otras calles, en alguna colonia de las que hacía mucho escuchaba. Los domingos parecía que iba a retomar la vida, empezaba a contar el día por el tiempo suficiente para ir al parque o al mercado, y no por veinte pesos vendidos o faltantes en el corte.

Para ella cualquier cambio habría sido un milagro, hasta recargarse en otro sitio, en otro punto de la tienda, no donde la madera estaba lisa y se acomodaba a su brazo, pero nunca había probado a ver otro punto del cielo que el señalado, tal y como se ve en el calendario.

Aurora Mosso M

fuente: http://minisdelcuento.wordpress.com/



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