domingo, 13 de abril de 2014

Vinagre

La primera vez que estuve en presencia de un cadáver fresco fue en la mañana del día más crítico de la insurrección. Estaba rodeado de curiosos y forajidos que lo habían cubierto con los primeros trapos que tuvieron a la mano. Se trataba del cuerpo de una mujer costeña. La infeliz perdió su vida al pie de la catedral a cambio de un plato de arroz con porotos que nunca llegó a probar. Un camión militar le había partido la cabeza en dos. Sus sesos y un inmenso coágulo de sangre se derramaron sobre el asfalto tibio. La ambulancia no tardó en llegar, tampoco la prensa. Cuando se la llevaron un penetrante olor a vegetales encurtidos invadió el lugar. Supe entonces que la Muerte no utiliza salmuera para conservar las almas.

Roberto Almendáriz Rueda


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